3.12.10

El amante de Lady Chatterley, segunda versión

Parece que no existe, o no hay disponible ninguna traducción al español de la segunda versión de "El amante de Lady Chatterley, así que la siguiente intenta aportar algo a este vacío, aunque supliendo conocimiento con voluntad...  Mejor será algo que nada, quizá. 


El amante de Lady Chatterley (segunda versión), D.H. Lawrence


(traducción mejorable al español)

(esta traducción es muy mejorable, pues se basa en una versión online traducida al español de la tercera versión, y en las diferencias con ésta la traducción se acopla a la anterior, sin duda la obra merece una traducción mejor, en ocasiones quedan frases que parecen no tener traducción sin un conocimiento del inglés muy alto, quizá por ser expresiones hechas, por lo que queda entre paréntesis el texto inglés con un intento de traducción literal, y por último ya se sabe que el traductor a veces es un traidor...)


Capítulo 1

La nuestra es esencialmente una época trágica, así que nos negamos
a tomarla por lo trágico. El cataclismo se ha producido, estamos entre las
ruinas, comenzamos a construir hábitats diminutos, a tener nuevas
esperanzas insignificantes. Un trabajo no poco agobiante: no hay un camino
suave hacia el futuro, pero le buscamos las vueltas o nos abrimos paso
entre los obstáculos. Hay que seguir viviendo a pesar de todos los
firmamentos que se hayan desplomado. ( Having tragically wrung our hands,
we now proceed to peel the potatoes, or to put on the wireless-Después de
haber arrancado nuestras manos, ahora procedemos a pelar las patatas,
o a poner la radio )

Esta era  la posición de Constance Chatterley. La guerra le había derrumbado
el techo sobre la cabeza. Y ella se había dado cuenta de que hay que vivir y aprender.

Se había casado con Clifford Chatterley en 1917, durante una vuelta a
casa con un mes de permiso. Un mes duró la luna de miel. Luego él volvió a
Flandes, para ser reexpedido a Inglaterra seis meses más tarde, más o
menos en pedacitos. Constance, su mujer, tenía entonces veintitrés años, y
él veintinueve.

Su apego a la vida era maravilloso. No murió, y los pedazos parecían
irse soldando de nuevo. Durante dos años estuvo en manos del médico.
Luego le dieron de alta y pudo volver a la vida, con la mitad inferior de su
cuerpo, de las caderas abajo, paralizada para siempre.

Esto fue en 1920. Clifford y Constance volvieron a su hogar, la sede de
su familia Wragby Hall. Clifford era ahora un  baronet, Sir Clifford, y
Constance era Lady Chatterley. Fueron a comenzar su vida de hogar
y matrimonio en la descuidada mansión de los Chatterley.Clifford no tenía
parientes cercanos. Su madre murió cuando él era niño. Su hermano, mayor
que él, murió en la guerra. Paralizado sin remedio, sabiendo que nunca podría
tener hijos, Clifford había vuelto a su hogar con su joven esposa, para mantener
vivo mientras pudiera el nombre de los Chatterley, sobre la base de una renta más
bien insuficiente.


Realmente no estaba acabado. Podía moverse por sus propios medios
en una silla de ruedas, y tenía otra con un pequeño motor incorporado con
la que podía deambular lentamente por el jardín y recorrer la hermosa
melancolía del parque, del cual estaba realmente muy orgulloso aunque
fingía no darle gran importancia.



Habiendo sufrido tanto, su capacidad de sufrimiento se había agotado
en cierto modo. Permanecía ausente, luminoso y de buen humor, casi podría
decirse chispeante, con su cara rubicunda y saludable y el empuje brillante
de sus ojos azul pálido. Sus hombros eran anchos y fuertes, sus manos
potentes. Vestía ropa cara y llevaba corbatas elegantes de Bond Street. Y,
sin embargo, en su cara podía verse la mirada vigilante, la ligera ausencia
de un paralítico.


Había estado tan cerca de perder la vida, que lo que quedaba era de
un valor excepcional para él. Era obvio en la emocionada luminosidad de
sus ojos lo orgulloso que estaba de seguir vivo tras haber pasado por la
tremenda prueba. Pero la herida había llegado tan al fondo que algo había
muerto dentro de él, parte de sus sentimientos ya no existían. Había un
vacío en su sensibilidad.


Constance, su mujer, rubicunda, de aspecto campesino, tenía el pelo
castaño, un cuerpo fuerte y movimientos pausados, llenos de una energía
poco frecuente. Tenía ojos grandes, azules y admirativos, con una voz dulce y
suave; parecía recién salida de su pueblo natal.


Nada de esto era cierto. Su padre era el anciano Sir Malcolm Reid, en tiempos
muy conocido como miembro de la Real Academia de Pintura. Su madre había sido
una de las cultas Fabianas de la floreciente época pre-Rafaelita. Entre artistas y
socialistas cultos, Constance y su hermana Hilda habían tenido lo que
podría llamarse una educación estéticamente poco convencional. Las habían
enviado a París, Florencia y Roma para respirar arte, y habían ido en la otra
dirección, hacia La Haya y Berlín, a los grandes congresos socialistas, donde
los oradores hablaban en todas las lenguas civilizadas sin que nadie se
asombrara. Las dos chicas, por tanto, y desde edad muy temprana, no se sentían
intimidadas ni por el arte ni por la política teórica. Era su ambiente natural.
Eran al mismo tiempo cosmopolitas y provincianas, con el provincialismo
cosmopolita del arte mezclado con las ideas sociales puras.

Clifford también estuvo un año en el extranjero, en la universidad alemana de Bonn, cursando Química y Metalurgia, y estudiando cosas relacionas con el carbón y las minas de carbón, porque el dinero de los Chatterley procedía de los ingresos de las minas, y de sus acciones en la Tevershall Colliery Company. Clifford quería estar al día. Las minas eran pobres, improductivas. Era el segundo hijo. Debía dar un empujón a la fortuna familiar.

En la guerra lo perdió todo. Su padre, Sir Geoffrey, se alistó temerariamente. Clifford, temerario, también se alistó. Sin preocuparse por el mañana, el mañana ya se preocuparía por sí mismo.

¡Bien, había llegado el mañana de aquel día!.

Pero Clifford, primer teniente de un pequeño regimiento -o lo que sea- conoció a la mayoría de la gente del cuartel general, y estaba lleno de (beans -frijoles). Le gustó Constance al instante: primero su apariencia rubicunda de soltera modesta, luego por la audacia que expresaba en su suavidad y quietud. Él consiguió llegar a los modernos libros alemanes, y se los leía a ella en voz alta. Era muy emocionante sentir cómo se sentían los demás, tener una antena en otro lugar. Tenía parientes "en el saber", y él mismo por lo tanto, tenía  bastante de este mismo conocimiento. No eran todavía grandes ideales, pero era algo para sentirse burlón y superior, para gente joven que, como Clifford y Constance, estaban por encima del patriotismo más estrecho. Y ellos estaban muy por encima de esto.

Pero en la época en que apareció "La decadencia de Occidente", Clifford era un hombre aplastado, y por esa época Constance se convirtió en la señora de Wragby, cuando las frías cenizas cubrieron el resplandor del fervor bélico. Fue al día siguiente, la mañana gris en la que nunca habían pensado.

Wragby era una antigua construcción alargada de piedra parda, bastante triste, situada sobre una pequeña elevación en un apreciable parque: a través del cual, sin embargo, uno podía ver los engranajes y la chimenea del pozo de Tevershall. Pero a Constance no le importaba esto. No le importaba siquiera el extraño traqueteo de las pantallas de tamizado, las vías de maniobra y el ronco, apagado silbido de la locomotora, escuchado a través del silencio. Sólo a veces, cuando el viento soplaba del este, cosa frecuente, Wragby se llenaba de la peste de aquella combustión sulfurosa del excremento de la tierra. Y cuando las noches eran oscuras, y las nubes ( AND WHEN THE NIGHTS....)  (225)


    (¿continuará?)







Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
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